Cuando Peter Wal y David Gai aterrizaron en Boston, Massachusetts, una noche fría de marzo pasado, no tenían ni un centavo en los bolsillos. No traían abrigos para protegerse del aire helado. Gai, de 25 años, recuerda que se quedó mirando los árboles sin hojas, pensando que estaban muertos. "Pensé: Si los árboles no pueden sobrevivir en este lugar, ¿cómo lo lograremos nosotros?"
Wal, de 23 años, recuerda que pidió ayuda a la gente en el aeropuerto. Pero nadie entendió lo que decía, porque su inglés era demasiado formal y su acento muy fuerte. Wal cuenta: "No era lo que esperaba". En su pequeño poblado de África, a los extranjeros se les da una bienvenida cordial. No estaba preparado para este nuevo mundo envuelto por el hielo.
Wal y Gai son refugiados de Sudán, un país en guerra. Llegaron a Boston después de un viaje que duró casi 15 años. Han conocido el hambre, el cansancio, el terror y la tragedia.
Los niños perdidos
En 1987, cuando Wal sólo tenía 7 años, su poblado fue atacado por soldados. Estaba cuidando el ganado en un campo cercano cuando se dio cuenta de que una nube densa de humo se elevaba de su poblado. Wal supo al instante que su hogar había sido víctima de la prolongada y sangrienta guerra civil de Sudán. Comenta: "Casi no quedaba nadie. Había cuerpos por todas partes".
Wal huyó hacia el este. Pronto se unió a cientos de chicos entre los 4 y los 17 años cuyas familias habían sido asesinadas en ataques similares. Como Wal, los chicos escaparon de la muerte porque estaban atendiendo el ganado cuando atacaron sus hogares.
Durante meses, los chicos caminaron descalzos por los territorios buscando seguridad. Durante el camino, aprendieron a cuidarse unos a otros. Los niños más grandes cargaban a los pequeños cuando se cansaban. A pesar de ello, cientos murieron de hambre y enfermedades. Muchos otros fueron atacados por leones o se ahogaron tratando de cruzar los ríos.
Después de tres meses, el grupo llegó exhausto a Etiopía, donde se asentaron en un campamento de refugiados. Los voluntarios los llamaron los "niños perdidos".
En 1991 la guerra obligó a los chicos a salir también de Etiopía. Después de otro largo recorrido, terminaron en un caliente y polvoriento campamento de refugiados en Kakuma, Kenya. Ahí construyeron sus propias chozas de lodo, pero no tenían agua ni electricidad. Los voluntarios de las Naciones Unidas les proporcionaban una comida pequeña al día, así como educación informal. Los chicos tenían hambre de ambas. Wal comenta: "Aprendí que la educación es algo que no puede quitarse, aunque haya guerra o inundaciones."
La llegada a Estados Unidos
En 1999, el Alto Comisionado para Refugiados de la ONU y el gobierno estadounidense acordaron reubicar a 3,700 niños perdidos en los Estados Unidos. Muchos de ellos ya son adolescentes o jóvenes de veintitantos años, y la mayoría ya se ha ubicado en ciudades de todo el país.
El Comité de Rescate Internacional (CRI), una agencia no lucrativa que ayuda a los refugiados, está ayudando a Wal, Gai y otros sudaneses a adaptarse a la vida en Boston. Antes de llegar, los jóvenes recibieron clases de "orientación cultural" en las que aprendieron cómo viven los estadounidenses.
En Boston, el CRI encontró apartamentos para los refugiados y les dio alimento y ropa. Al principio, fue una adaptación difícil. Stephanie Sluka, empleada de CRI, comenta: "Llegábamos a un apartamento y encontrábamos carne cruda en el microondas porque lo habían confundido con el refrigerador."
La mayoría de los refugiados se emplearon en trabajos de salarios bajos, como porteros o maleteros en el aeropuerto. Pero muchos sueñan con continuar educándose. El pasado septiembre Wal se mudó con una familia temporal para poder asistir a la preparatoria en la escuela Beaver Country Day School en Newton, Massachusetts. Por primera vez desde los 7 años, tiene una familia. Roderick Lewis, el papá temporal, comenta: "Está ansioso por aprender".
Otro refugiado, John Kuol, de 19 años, también asiste a Beaver. Kuol y Wal se habían visto por última vez en Etiopía en 1988. Kuol comenta: "encontrarlo aquí, es como encontrar a un hermano".
Aunque la guerra en Sudán continúa, muchos refugiados esperan regresar algún día al hogar que conocieron como niños. Wal comenta: "Nos llaman niños perdidos, pero realmente no lo estamos. Sabemos de dónde vinimos y a dónde queremos ir."